Votar por la corrupción

Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

El jurista Domicio Ulpiano, tutor, consejero y prefecto del emperador Alejandro Severo, enunció en tres máximas de contenido moral las bases del derecho, que ha de ser garantizar la pública honestidad y las buenas costumbres y sancionar a quien las quebrante obligándolo a restablecer el orden agredido.

El dar a cada quien lo suyo implica cumplir los contratos, guardar los pactos y reconocer los derechos de los demás, idea de justicia que antes de Ulpiano propulsaron Platón y Aristóteles y después de todos ellos santo Tomás de Aquino.

Más allá de la simpatía o aversión que causa Andrés Manuel López Obrador como candidato a la presidencia de la República por el Movimiento Regeneración Nacional, la frase suya que inspira el título de esta colaboración, parafraseada de lo que él dijo al conocer el resultado de la contienda nacional del 2012 que no le favoreció, debe uno reconocer que ciertamente el cáncer que engulle el principio democrático entre los mexicanos es la corrupción, que campechana y cómodamente vemos como paja en el ojo ajeno y nunca o muy rara vez como viga en el propio.

A nadie extrañe, entonces, lo seductor que es apostarle, ahora sí, a lo que todos quisiéramos, y mejor si no nos cuesta mucho: que el estado de la cuestión social en nuestro país dé un vuelco de 180 grados al rumbo que hace casi dos mil años propuso Ulpiano: vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo que es suyo.

Pero este anhelo, por legítimo que sea, tiene ahora el obstáculo supremo y desgarrador de una apuesta al capitalismo que ha desarticulado entre los moradores de este suelo las bases de la cultura mexicana más que el siglo y medio de imposición legal de la ideología del Estado – Nación, que va de 1857 a 1992, sólo para referirnos a las leyes constitucionales que eliminaron de su tutela y reconocimiento la libertad religiosa, reducida a libertad de credo en el interior de los templos y en el hogar, no en la calle ni en la vía ni en la vida pública.

Aunque quien alimenta esta colaboración ya lo ha señalado repetidas veces, no está de más recordar que el cristianismo encontró en la buena y dócil disposición de las culturas amerindias a acoger la buena nueva del Evangelio, el surco donde esa semilla germinó de forma espléndida, cimientos que siguen ahí, a pesar de los ataques sistemáticos que en su contra han dedicado tirios y troyanos.

En efecto, si desde hace un cuarto de siglo nada obsta para que en México la educación y la cultura dimanadas de la identidad cultural cristiana recuperen la dimensión de la que fueron excluidas durante larguísimos años, la indolencia y la pasividad que han estancado estas labores serán un reproche que podrán hacernos a los católicos del 2018 los que nos analicen luego, al hacer el inventario de lo que recibieron de nuestras manos.

Si la «cultura» de la corrupción se ha tatuado en el comportamiento de muchísimos mexicanos del siglo XXI, también debemos decirlo de los católicos, que lo serán casi todos, especialmente los que por su investidura se ostentan como evangelizadores de tiempo completo.

No dudemos, entonces, que en el seno de la Iglesia en México nazca pronto un impulso similar al de aquellos primeros cristianos que «no tenían sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos». (Hech. 4,32).

Publicado en la edición impresa de El Observador 15 de abril de 2018 No.1188

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