Del rechazo de lo cristiano al caos actual

Desde hace varios siglos la humanidad está siendo arrastrada hacia una visión del mundo que es  totalmente contraria al pensamiento cristiano.

No Dios sino El hombre en el centro de todo

En especial esto se ha hecho patente a partir del siglo XVIII, con la aparición del movimiento europeo conocido como la «Ilustración», que exaltó la «razón» laica por sobre todas las cosas, e impulsó el antropocentrismo, haciendo que todo girara en torno al ser humano, exactamente como en la primera tentación lanzada por Satanás en el Edén: «Seréis como dioses» (Gn 3, 5).

De este modo, la fe dejó de estar en Dios para trasladarse al hombre; la confianza y el optimismo ya no estuvieron depositadas en las ayudas y promesas divinas sino en lo que el individuo era capaz de hacer por sí solo, y la esperanza en la Vida Eterna fue sustituida por una visión totalmente materialista de la existencia.

Estas ideas radicales fueron arrastrando lentamente a la sociedad hasta volverla más secularizada, por lo que la noción de Dios y la religión empezó a perderse; la cultura no sólo fue tornándose laica sino antirreligiosa y anticlerical.

A la religión cristiana comenzó a vérsele como sospechosa; se le tildaba de superstición y de ser contraria a la razón porque enseñaba cuestiones espirituales y éstas no se pueden probar científicamente.

Por lo mismo, comenzaron a rechazarse los dogmas de la fe. Y al final se llegó a la conclusión de que si nada existe fuera de la materia entonces Dios es inútil y, por tanto, no existe, mientras que la religión no es más que un invento de los curas para aprovecharse del pueblo ignorante.

A cambio del cristianismo se proponía la tolerancia para todas las formas de pensar, aunque, claro está, en la práctica ya no se quiso tolerar el pensamiento cristiano.

Hacia la destrucción de la fe cristiana

Como se ve, los postulados de entonces son los mismos que se manejan hoy en amplios sectores de la sociedad, los cuales suelen ser inoculados principalmente a través de la escuela, primero de manera relativamente sutil en primaria y secundaria,  y luego de manera descarada en preparatoria y universidad,  produciendo así generaciones de agnósticos y/o ateos.

Si esta ideologización no se ha detenido desde hace poco más de dos siglos es porque aún no ha logrado su meta de extirpar del todo la fe en Cristo y de acabar con su Iglesia.

Las religiones que hoy se siguen imponiendo

Pero el pensamiento surgido de la «Ilustración» no derivó siempre en ateísmo, sino que también dio lugar a nuevas formas de pensamiento religioso, siempre contrarias a la fe de la Iglesia católica. Por ejemplo:

El deísmo.- Es la postura que acepta, no a través de la fe ni la Revelación sino a través de la razón, la existencia de un Dios. Este reconocimiento no implica necesariamente practicar una religión; de hecho, el deísta suele negar la intervención de Dios en el mundo, por lo cual no tiene sentido ocuparse de Él.

El pietismo.– Que al principio sólo hizo su aparición en los países protestantes, pugna por una religiosidad puramente espiritual y personal, es decir, en la que la dimensión comunitaria o eclesial tiene poca importancia. Todo se reduce entonces al subjetivismo del individuo, no a la voluntad de Dios.

La francmasonería.– Después llamada simplemente masonería, es una sociedad religiosa secreta que propone la construcción del «templo de la humanidad» sobre las bases de la caridad activa y la ética como categorías superiores a toda religión. Igualmente considera que el cristianismo es una superstición que hay que combatir.

A pesar de todo, la masonería afirma la existencia de un dios que es el arquitecto racional del universo. Sólo en los niveles más altos de la masonería queda evidenciado que ese dios es Satán o Lucifer: «Lucifer, dios de la luz y del bien, lucha por la humanidad contra Adonai, el dios de la oscuridad y del mal», dice un documento de esta organización religiosa.

ADIÓS AL PECADO

Ya el filósofo Russell decía que el pecado es una palabra que debería borrarse del diccionario. De hecho en la religión masónica, a la que él pertenecía, no hay lugar para los conceptos de pecado y de castigo divino, a los que se les considera como ideas que enajenan gravemente la libertad y el ejercicio del potencial humano. Además, que Dios no puede ofenderse por los errores humanos ya que no existe una relación personal entre Él  y sus criaturas.

En las otras religiones satánicas también es común rechazar que el pecado sea algo negativo; mejor proponen que más bien se considere como malo  «todo aquello que impide crecer a un individuo»; y, precisamente para que éste «crezca», dicen que hay que practicar lo que la Iglesia llama «los siete pecados capitales», pues vendrían a ser  «herramientas de desarrollo personal que posibilitan el crecimiento moral,  sexual y social» pues la ejecución de estos pecados lleva  a la «gratificación física, mental o emocional».

¿Y entre los cristianos?

Hoy no hace falta ser satanista o masón para vivir como si el pecado fuera inocuo; el propio proceso de secularización ya se ha encargado de ir menguando el sentido del pecado.

Incluso entre los creyentes se advierte un enfriamiento en este sentido. Miles de feligreses se acercan a recibir la Comunión Eucarística aunque tengan meses o años sin confesarse; «es que yo no soy pecador», dicen.

Pero la Palabra de Dios advierte: «Si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Dios para perdonarnos y limpiarnos de toda iniquidad» (I Jn 1,8).

Escribía san Agustín que hay faltas a las que uno se va acostumbrando, y que  «la costumbre lleva a que no se aprecie la gravedad del pecado. Lo que se endurece pierde la sensibilidad. Lo que se halla en estado de putrefacción no duele, no porque esté sano, sino porque está muerto» (Sermón 17).

Decía el Papa Pío XII que «quizás el mayor pecado del mundo de hoy consista en el hecho de que los hombres han comenzado a perder el sentido del pecado».

Consecuencias

El rechazo a lo cristiano conlleva a la pérdida del sentido del pecado; y si no hay pecado, no hay castigo. Así se avanza en la desaparición del temor de Dios; y si aún sobrevive un resto de moral, que le hace sentir al hombre que un acto no es correcto, siempre le queda como última arma acallar su conciencia, así que se dirá: «Al cabo Dios, si es que existe, todo lo perdona». Con lo anterior acaba generándose un auténtico caos social. Por ejemplo:

Robar, matar, secuestrar, mentir, etc., ya no es malo, a menos que te atrapen y acabes en la cárcel.

Si el exhibicionismo, la pornografía y el sexo fuera del matrimonio ya no son pecado, el pudor, la castidad y la virginidad dejan entonces de ser virtudes. Y con esto se va destruyendo el matrimonio, la familia y, en consecuencia, la sociedad entera.

A veces esta ideología llega a hacer mella entre las filas de los cristianos. Por ejemplo, a fin de no parecer anticuados,  se deja de anunciar  la justicia de Dios y sólo se habla de su misericordia; no se enseña más sobre el Infierno, el Purgatorio, los pecados capitales y el modo de combatirlos, el arrepentimiento y la redención, sino que se predican homilías light con las que todos los feligreses se sientan bien; y en las familias y en la vida personal se le da más importancia a los conceptos de la autoestima y la realización personal que al de la santidad.

En 2011 el Papa Benedicto XVI  advirtió: «Si se elimina a Dios del horizonte del mundo, no se puede hablar de pecado. Como cuando se esconde el sol, desaparecen las sombras; la sombra surge sólo cuando existe el sol; de este modo, el eclipse de Dios implica necesariamente el eclipse del pecado».

Entonces, ¿cómo acabar con el caos? Recuperando el sentido del pecado. ¿Y cómo recuperar el sentido del pecado? Dice el Papa alemán: «Redescubriendo el sentido de Dios», porque su posición «es la de oponerse al pecado y salvar al pecador. Dios no tolera el mal porque es Amor, Justicia, Fidelidad; y justamente por esto no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva».

D. R. G. B.

 TEMA DE LA SEMANA / TEMOR DE DIOS: ¿POR QUÉ SE HA PERDIDO?

Publicado en la edición impresa de El Observador 22 de abril de 2018 No.1189

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