Cincuenta días de gozo

Cincuenta días de gozo

Por Angelo DE SIMONE |

Ya llega la noche… Se encienden las velas… Las tinieblas retroceden y la procesión avanza hacia el altar, celebrando la Pascua del Señor: Cristo ha resucitado y vive para siempre.

Quizás el mundo sigue su marcha, monótona o rutinaria, entre el sufrimiento y la alegría. Pero para un cristiano existe otra realidad, una realidad que penetra en lo más profundo del corazón. La muerte ha sido vencida, el perdón ha cancelado la condena y el sufrimiento adquiere otro sentido.
En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?

El tiempo pascual, equivalente a siete semanas, es signo de plenitud e imagen de esa eternidad que esperamos obtener con la resurrección de Cristo que, en definitiva, es señal clara de nuestra propia resurrección. Por los Evangelio sabemos, que estos 50 días representan los 40 días que Cristo se apareció a sus seguidores y luego ascendió a los cielos, aunado a los 10 días donde los primeros discípulos recibieron el Espíritu Santo. Es por ello que este tiempo cierra con la celebración de la fiesta de Pentecostés. Fue el principio de la vida de la Iglesia y el inicio de la acción evangelizadora que perdura en la Iglesia Misionera.

Debemos recordar que la Resurrección es fuente de profunda alegría. Los cristianos, a partir de esta realidad, no podemos vivir con resfriado espiritual, con esa tristeza depresiva y caras largas desanimadas. Debemos mostrar caras de resucitados, con alegría y esperanza porque Cristo ha vencido a la muerte.

La Resurrección es una lámpara que se enciende para cada uno de los hombres, cuya luz se debe irradiar a los hermanos, haciéndolos participes de la alegría y el gozo de la resurrección, por medio de las palabras y obras. Tenemos ante nosotros 50 días de gozo por la resurrección de Cristo. Es la Pascua de la victoria del Señor.

Que (en este tiempo pascual) recordemos las obras de misericordia para con nuestros hermanos, pero, sobre todo, nuestra misión de hijos de Dios: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

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