Cuando el mismo Papa Francisco presentó su programa

Cuando el mismo Papa Francisco presentó su programa

Por Fernando PASCUAL |

Durante los primeros diez días después de su elección como Papa, Francisco pronunció algunos discursos que permitieron entrever las líneas programáticas que iba a seguir, con la mirada puesta en Cristo y en el deseo de servir a su Iglesia, y que se han hecho presentes a lo largo de los primeros cinco años de su ministerio como obispo de Roma.

Sus primeras palabras, al asomarse el 13 de marzo de 2013 desde el balcón central de la Basílica Vaticana para dar su primera bendición, fueron iluminadoras al respecto:

“Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias. Un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad”.

“No te olvides de los pobres…”

A los dos días, al dirigirse a todos los cardenales presentes en el Vaticano en el Aula Clementina, esbozó otros puntos centrales de su futuro ministerio petrino:

“Expreso mi voluntad de servir al Evangelio con renovado amor, ayudando a la Iglesia a ser cada vez más, en Cristo y con Cristo, la vid fecunda del Señor. Impulsados también por la celebración del Año de la fe, todos juntos, pastores y fieles, nos esforzaremos por responder fielmente a la misión de siempre: llevar a Jesucristo al hombre, y conducir al hombre al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre. Este encuentro lleva a convertirse en hombres nuevos en el misterio de la gracia, suscitando en el alma esa alegría cristiana que es aquel céntuplo que Cristo da a quienes le acogen en su vida”.

El 16 de marzo de 2013, al encontrarse con los periodistas en el Aula Pablo VI, explicaba por qué había escogido el nombre de Francisco, surgido en su mente a partir de una recomendación del Cardenal Hummes (“No te olvides de los pobres”), al  mismo tiempo que ilustraba la importancia de la paz y del amor hacia la creación:

“Y Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación”.

La misericordia, rostro de Dios

Al día siguiente, domingo, en su primer Angelus en la plaza de San Pedro, brilló otro de los temas que serían claves en el Pontificado de Francisco: la misericordia.

“No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. Y, padre, ¿cuál es el problema? El problema es que nosotros nos cansamos […] de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros”.

Dialogo entre los creyentes

El 20 de marzo de 2013 encontraba, nuevamente en el Aula Clementina, a los representantes de las religiones, a los que dirigió un saludo cordial que no se limitaba a reconocer los pasos recorridos por la Iglesia en el diálogo ecuménico e interreligioso tras el Concilio Vaticano II, sino que miraba a algunas tareas compartidas con los que pertenecen a diferentes creencias religiosas:

“La Iglesia católica es consciente de la importancia que tiene la promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas. Esto […] lo atestigua también el trabajo valioso que desarrolla el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. También es consciente de la responsabilidad que todos tenemos respecto a este mundo nuestro, respecto a toda la creación, a la que debemos amar y custodiar. Y podemos hacer mucho por el bien de quien es más pobre, débil o sufre, para fomentar la justicia, promover la reconciliación y construir la paz. Pero, sobre todo, debemos mantener viva en el mundo la sed de lo absoluto, sin permitir que prevalezca una visión de la persona humana unidimensional, según la cual el hombre se reduce a aquello que produce y a aquello que consume. Ésta es una de las insidias más peligrosas para nuestro tiempo”.

Migración, paz, pobreza

Los temas de la pobreza, la paz y el diálogo entre las religiones también se hicieron presentes en el discurso del Papa al recibir el 22 de marzo, en la Sala Regia del Vaticano, a los representantes diplomáticos ante la Santa Sede. Tras recordar nuevamente el sentido de su nombre (Francisco), se fijó en su procedencia geográfica (venido desde muy lejos, desde Argentina, y nacido en el seno de una familia de emigrantes italianos), y subrayó la importancia de construir puentes que acerquen a los seres humanos entre sí a pesar de las distancias.

“Además, mis propios orígenes me impulsan a trabajar para construir puentes. En efecto, como sabéis, mi familia es de origen italiano; y por eso está siempre vivo en mí este diálogo entre lugares y culturas distantes entre sí, entre un extremo del mundo y el otro, hoy cada vez más cercanos, interdependientes, necesitados de encontrarse y de crear ámbitos reales de auténtica fraternidad”.

Camino por recorrer

Como acabamos de ver, Francisco fue desvelando en sus primeras intervenciones públicas como sucesor de San Pedro y tras el pontificado de Benedicto XVI, de un modo espontáneo y cordial, líneas fundamentales que luego se han concretado en sus cinco primeros años de su servicio a la Iglesia como obispo de Roma.

Amor a Cristo y servicio a la Iglesia, camino conjunto entre los obispos y los fieles, dedicación a los pobres, trabajo por la paz y por la creación, diálogo entre las religiones, construcción de puentes entre culturas, centralidad de la misericordia divina, alegría por haber sido encontrados por el Señor, compromiso por llevar a Cristo a los hombres y los hombres a Cristo.

Son puntos centrales del actual pontificado, unidos a otros temas claves, como la familia y la reforma de la Curia, que nacen en definitiva del deseo de mantenerse fiel a la tarea que Cristo ha encomendado a su Iglesia, de modo especial a Pedro y sus sucesores.

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