“Nos pide poco el Señor, y nos da tanto”: Francisco

“Nos pide poco el Señor, y nos da tanto”: Francisco

“Nos pide poco el Señor, y nos da tanto. En la vida ordinaria nos pide un corazón abierto” y “en la Eucaristía nos pide el pan y el vino” a cambio de su sacrificio. La liturgia eucarística fue el tema del cual habló el Papa Francisco ante las personas presentes en el aula Pablo VI y en la basílica de San Pedro, continuando con la catequesis sobre la Misa.

Durante el encuentro, Francisco volvió a hablar de Siria. “Debemos rezar –dijo en el saludo en lengua árabe- por estos hermanos” que sufren por la guerra, “y por los cristianos que son perseguidos, quieren expulsarlos”.

Con anterioridad a ello, en el  discurso para la audiencia, el Papa recordó que en la Liturgia eucarística, “a través de las santas especies, la Iglesia torna presente, continuamente, el Sacrificio de la nueva alianza sellada por Jesús sobre el altar de la Cruz (cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. Sacrosanctum Concilium, 47).  Fue el primer altar cristiano, y cuando nosotros nos acercamos al altar, nuestra memoria va al primer altar”. “El sacerdote, que en la Misa representa a Cristo, realiza lo que el Señor mismo hizo y encomendó a los discípulos en la Última Cena; tomó el pan y el cáliz, y dando las graciasse lo dio a sus discípulos, diciendo:  «Tomad y comed ….bebed: éste es mi cuerpo… éste es el cáliz de mi sangre. Haced esto en memoria mía». Obediente a lo que mandó hacer Jesús, la Iglesia ha dispuesto la Liturgia eucarística en momentos que corresponden a las palabras y a los gestos realizados por Él en la vigilia de su Pasión. Así, en la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino, es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos. En la Plegaria Eucarística, damos gracias a Dios por la obra de redención y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Le siguen la fracción del pan y la Comunión, mediante la cual revivimos la experiencia de los Apóstoles, que recibieron los dones eucarísticos de las manos del mismo Cristo. (cfr Instrucción General del Misal Romano, 72)”.

“Al primer gesto de Jesús: «tomó el pan y el cáliz del vino», corresponde, entonces, la preparación de dones. Es la primera parte de la liturgia eucarística. Es bueno que sean los fieles los que presenten al sacerdote el pan y el vino, porque ellos significan la ofrenda espiritual de la Iglesia congregada allí por la Eucaristía. Es hermoso que los fieles lleven el pan y el vino hasta el altar. Aunque hoy en día, «los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y el vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual» (ibíd., 73). Y en este sentido, es significativo que, cuando se ordena a un nuevo presbítero, el Obispo, cuando entrega a éste el pan y el vino, le dice: «Recibe las ofrendas del pueblo santo para el sacrificio eucarístico» (Pontifical Romano – Ordenación de obispos, presbíteros y de diáconos). Es el pueblo de Dios el que lleva la ofrenda. Por tanto, en los signos del pan y del vino, el pueblo fiel coloca su propia ofrenda en las manos del sacerdote, el cual la coloca sobre el altar o mesa del Señor, «que es el centro de toda la Liturgia eucarística» (IGMR, 73). El centro de la misa es el altar, el altar es Cristo.  En el «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», se ofrece, por lo tanto, el compromiso de los fieles a convertirse ellos mismos, obedientes a la divina Palabra, en un «sacrificio agradable a Dios Padre Todopoderoso», «para el bien de toda su santa Iglesia». Así, «la vida de los fieles, su sufrimiento, su oración, su trabajo, están unidos a los de Cristo y a su ofrenda total, y de este modo adquieren un valor nuevo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1368). Por cierto, es poca nuestra ofrenda, pero Cristo necesita de esta poquedad. Nos pide poco el Señor, nos da mucho. En la vida ordinaria, nos pide un corazón abierto” y “en la eucaristía, nos pide el pan y el vino. Una imagen de este movimiento oblativo de oración es representado por el incienso que, consumido en el fuego, libera un humo perfumado que se eleva a lo alto: incensar las ofrendas, la cruz, el altar, el sacerdote y el pueblo sacerdotal, manifiesta visiblemente el vínculo oblativo, que une todas estas realidades al sacrificio de Cristo (cfr. IGMR, 75)”.

“Y también es cuanto expresa la oración sobre las ofrendas. En ella, el sacerdote pide a Dios que acepte los dones que la Iglesia le presenta, invocando el fruto del admirable intercambio entre nuestra pobreza y su riqueza. En el plan y en el vino le presentamos la ofrenda de nuestra vida, a fin de que sea transformada por el Espíritu Santo en el sacrificio de Cristo, y se vuelva con él una sola ofrenda espiritual agradable al Padre. Mientras se concluye de esta manera la preparación de los dones, se nos dispone a la Plegaria eucarística (cfr. ibíd., 77). Que la espiritualidad del don de sí, que este momento de la Misa nos enseña –concluyó el Papa- pueda iluminar nuestras jornadas, las relaciones con los demás, las cosas que hacemos, los sufrimientos que vienen a nuestro encuentro, ayudándonos a edificar la ciudad terrenal a la luz del Evangelio”.

“En la Eucaristía –siguió diciendo en el saludo en idioma árabe- nosotros ofrecemos al Señor las cosas que Él mismo nos ha dado, pidiéndole, a cambio, que Él mismo se nos done. Aprendemos, en este intercambio entre nuestra pobreza y Su riqueza, que sólo dando, nos enriquecemos. Es sólo abriendo nuestros corazones al Señor y a los hermanos, que permitimos que Dios nos colme con la abundancia de Su gracia”.

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