Series: ¿Te consideras un espectador crítico, selectivo y digital? Eres un “seriéfilo”

El crítico de cine y televisión Fernando de Felipe habla de las entrañas de las series: “Es como si hubiéramos sustituido la comida siempre a la misma hora y siempre con su primer plato, su segundo y su postre debidamente servidos en un orden concreto, por un gran buffet libre abierto las 24 horas todos los días del año”.

“Que nos limitemos a picotear según la gana o que podamos acabar empachados sin remedio, depende ya de cada uno”, sentencia este guionista de cine y televisión y crítico del diario La Vanguardia.

– ¿A qué viene esta obsesión con las series que está substituyendo el ritmo clásico televisivo de esperar capítulos?

En la actualidad es una sencilla cuestión de oferta y demanda, aunque en realidad en el mercado coexisten los dos modelos, el del espectador digamos que convencional (conservador, pasivo, resignado, analógico,
unidireccional) y el del seriéfilo más o menos “militante” (crítico, selectivo, informado, digital, interactivo, hiperconectado, transmediático). Muchos usuarios transitan de hecho sin problemas de un perfil a otro según les convenga.

La gente se ha acostumbrado a descargar o a ver directamente en DVD o Blu-ray las temporadas completas de sus series favoritas, sin tener que esperar capítulo a capítulo a ver cómo evolucionan sus tramas.

Hay quienes se esperan directamente a verlas de ese modo, pegándose auténticos atracones en cuanto tienen ocasión. En parte es como si se viesen, de un tirón, una película de 10 horas o más.

Lógicamente, hay series que ganan mucho vistas de ese modo (las antologías autoconclusivas tipo Fargo, por ejemplo, o las diferentes temporadas de producciones como Mad Men, Dark o Gomorra). Y luego las hay que, dada su particular estructura dramática, su formato o su adscripción genérica, pueden verse en pequeñas dosis y casi en cualquier orden, como ocurre en el caso de las sit-com tipo Modern Family o Louie, en el de procedimentales a lo C.S.I., o en el de productos tan atípicos como Black Mirror.

Las nuevas tecnologías digitales, por otro lado, también han sido decisivas al respecto, rompiendo el monopolio del televisor único presidiendo el salón, y atomizando en mil pantallas alternativas la posibilidad misma del visionado, ya sea en forma de televisión “a la carta”, plataformas de pago (Netflix, Movistar), dispositivos móviles, tablets, etc.

De algún modo, es como si hubiéramos sustituido la comida siempre a la misma hora y siempre con su primer plato, su segundo y su postre debidamente servidos en un orden concreto, por un gran buffet libre abierto las 24 horas todos los días del año. Que nos limitemos a picotear según la gana o que podamos acabar empachados sin remedio, depende ya de cada uno.

– Las series enganchan, aunque las tramas son parecidas y la gente intuye el final. ¿Cómo mantienen esta adición y misterio?

La verdad es que las series son cada vez más arriesgadas tanto en su forma como en su fondo. Tocan temas que nunca antes se habían tocado, ni en el cine ni en la televisión, y lo hacen además desde perspectivas realmente inéditas hasta ahora, buscando espectadores específicos y no públicos masivos.

Los guiones son en muchos casos mejores que los de las películas más galardonadas, dotando de mayor profundidad a sus personajes (protagonistas femeninos muchos de ellos), abordando sus tramas de forma tan adulta como coherente, jugando sin rubor alguno a la hibridación genérica, y asumiendo incluso riesgos narrativos, formales y estructurales que rozan directamente lo experimental.

Además, su factura técnica y estética no desmerece en absoluto de la cinematográfica, ya sea en su formato más hollywoodiense y comercial, o en su vertiente más autoral.

– Cuando usted y yo éramos pequeños, teníamos que esperar. Una carta, un capítulo de una serie hasta la semana que viene. Esperábamos. Ahora ya nadie espera, todo es aquí y ahora. Cómo lo ve a nivel de consecuencias éticas del “lo quiero todo ahora y aquí?

Corremos el peligro de perder la perspectiva, tanto a nivel histórico como a nivel estrictamente individual.

Siendo el “todo aquí y ahora” totalmente imposible de abarcar, al final lo que predomina es el consumo “personal e intransferible”, lo que acaba aislándonos, encapsulándonos cada vez más alrededor de nuestros propios ombligos, condenándonos a un individualismo extremo que no presagia nada bueno.

Para los creadores eso es un auténtico problema, porque condena a sus obras a la arbitrariedad más absoluta, a lo efímero, a lo prescindible. Cada vez resulta más difícil aglutinar alrededor de una única obra a un grupo de gente lo suficientemente implicada como para poder compartir su experiencia.

Antes, cuando llegabas al colegio o a la oficina, siempre sabías que podrías hablar de lo que habías visto la noche anterior en la tele.Ahora la gente ya solo intercambia recomendaciones genéricas o listados de capítulos pendientes: “¿No has visto todavía Breaking Bad? Pues ya verás cuando llegues al capítulo 7 de la tercera temporada.” Suena bastante ridículo. Y resulta bastante superficial. Y luego están los “completistas” de salón, esos que aseguran haberlo visto todo pero que no parecen haberse enterado de nada. Volviendo a los símiles, es como si en vez de degustar un buen whisky, se atiborrasen de chupitos. La resaca está asegurada.

– Hay muchas series por escoger y el sueño de mucha gente es llegar a casa después de trabajar y ver algún capítulo. ¿El cine se tendrá que serializar, para seguir manteniendo su atractivo en las salas?

El cine ya jugó a la serialidad en sus inicios. Como la había hecho ya en su momento la novela decimonónica. La idea del cliffhanger, del cebo narrativo que cierra el capítulo teniéndonos en vilo hasta el siguiente, ya la practicaron los pioneros del cine atando a sus heroínas a la vía del tren a la espera de que éste la arrollase o no en una próxima entrega. Y la verdad es que la idea de la serialidad ha vuelto con fuerza a nuestras pantallas gracias a sagas como El Señor de los Anillos o Star Wars.

Fernando de Felipe (Zaragoza, 1965) es doctor en Bellas Artes por la UB y profesor titular de la Universitat Ramon Llull, donde dirige desde 2006 el Màster Oficial en Ficción. Es autor de los libros Joel y Ethan Coen: el cine siamés (Glénat, 1999), Barton Fink (Paidós, 1999), Adaptación (Trípodos, 2008), Ficciones Colaterales (UOC, 2011), Memento Mori (EAE, 2012), Cronoendoscopias (Laertes, 2014) y Cómo construir un buen guión audiovisual (UOC, 2016). Ha participado también en Imágenes para la sospecha (Glénat, 2001), Imágenes del mal (Valdemar, 2004), Realidad virtual (Devir, 2004), El Paraíso de Prometeo (IVAM, 2006), La caja lista (Laertes, 2007), Pantallas Depredadoras (EdiUno, 2007), Neoculto (Calamar, 2012), Animatopia (Donostia Zinemaldia, 2013), Mad Men (Errata Naturae, 2015), The Horror! (Rema y Vive, 2015), La política en las series de televisión (UOC, 2015), The Wire University (UOC, 2016) y Regreso a Twin Peaks (Errata Naturae, 2017). Ha sido también historietista (El hombre que ríe, Museum), guionista de cine y televisión (Darkness, Palabras encadenadas, Motel Spaghetti) y crítico televisivo de La Vanguardia.

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