Charles Manson, el icono más oscuro de la contracultura de los 60

El pasado 19 de noviembre falleció en un hospital de California el criminal Charles Manson, líder de una pequeña secta formada a su alrededor por varios jóvenes norteamericanos, llamada “La Familia”. Su última salida de la cárcel en la que cumplía cadena perpetua por instigar a sus seguidores a realizar ocho asesinatos (aunque los medios dan el cómputo de siete, hay que sumar el feto de Sharon Tate).

Fue un personaje conocido en todo el mundo, y cada vez que se publicaba una fotografía o una declaración suya –escasas– lograba volver a ser el centro de atención en los medios de comunicación y en la “cultura popular”. La espiral de violencia que protagonizó ha inspirado diversos libros, películas, documentales y series televisivas.

Como curiosidad, el cantante Marilyn Manson (cuyo nombre real es Brian Hugh Warner) precisamente tomó su nombre de dos grandes iconos de la cultura estadounidense: la cantante Marilyn Monroe y el líder sectario Charles Manson.

Más allá de los detalles de los crímenes, que están siendo suficientemente recordados estos días, acerquémonos a la persona que los originó, su trasfondo, su pasado y su forma de manipular en la secta que creó, hasta llegar al fatal desenlace.

El protagonista de esta historia nació en Cincinatti (Ohio) en 1934, hijo de una madre soltera adolescente, y muy pronto empezó a ingresar en reformatorios por una niñez y adolescencia cada vez más orientadas hacia la delincuencia. Ya adulto, tuvo experiencias de prisión, y en su última estancia se forjó la personalidad que todo el mundo conoció después, aliñada con creencias esotéricas, manuales de autoayuda, principios de la Cienciología y un fuerte sentimiento racista.

El éxito musical de los Beatles marcó al joven Manson, que acarició la idea de convertirse en otro ídolo del rock, y tras salir de la cárcel con 32 años se introdujo en el corazón de la contracultura hippie, del “amor libre” y de las nuevas búsquedas espirituales y de experiencias fuertes: San Francisco en el verano de 1967.

Enseguida logró reunir en torno a su personalidad carismática un pequeño grupo de jóvenes seguidores que fueron moviéndose tras él por el estado de California, mezclando la música, el consumo de sustancias alucinógenas y la total promiscuidad sexual. En este contexto, Manson se presentaba como el nuevo mesías, reencarnación de Jesucristo, y les inculcaba nuevas doctrinas y consignas morales que iban contra lo establecido, algo muy típico de aquella época.

Su intención de convertirse en una estrella musical siguió marcando la biografía de Charles Manson y la deriva de su secta, que ya contaba con más de 30 miembros en 1968, viviendo en comuna. Se establecieron definitivamente en el rancho Spahn, un lugar donde se acentuó el consumo de drogas y las técnicas de control mental. El líder consiguió, por una serie de casualidades, introducirse en el mundo artístico.

Fue entonces cuando emergió la cuestión racista como clave en la ideología del grupo y en el transcurso de los hechos posteriores: Manson convenció a sus adeptos de que era inminente una guerra entre blancos y negros que acabaría con los Estados Unidos, ya que ganarían los negros y después serían incapaces de gobernar, desencadenando de esta forma el apocalipsis (del que sólo sobreviviría “La Familia”, debidamente escondida).

Y aquí vino la conexión entre la obsesión musical del líder y su profecía: en el White Album de los Beatles, Charles Manson vio la confirmación de sus propias teorías, y la canción Helter Skelter se convirtió en el “grito de guerra” que llamaba a adelantar la confrontación racial previa al apocalipsis. Pronto comenzó a fijar la fecha de estos sucesos terribles: el verano de 1969.

Los seguidores de Manson estaban totalmente convencidos de que sucedería lo anunciado por su líder, y el ambiente en la comuna fue creciendo en presión y miedo ante unos hechos fatales que creían ya inminentes. Comenzaron los entrenamientos militares y la adquisición de armas para lo que se avecinaba. El control del “mesías” sobre sus adeptos era cada vez más fuerte, y ya en estos prolegómenos de la “guerra racial” fueron protagonistas de dos asesinatos, prólogo de lo que vendría después.

Cuentan que el 8 de agosto de 1969 Charles Manson dijo a su Familia: “Hollywood está lleno de cerdos. Es la hora del Helter Skelter”. Se mezclaban así la profecía apocalíptica, la frustración por su fracaso artístico y las aspiraciones mesiánicas. Tras drogarse y armarse convenientemente, varios adeptos fueron enviados por el líder a una dirección concreta de Hollywood para dar el “castigo merecido” a una mansión donde vivían personas ricas y famosas.

¿Quién vivía allí? La actriz Sharon Tate, mujer de Roman Polanski, en un avanzado estado de gestación y acompañada de tres amigos. Antes de entrar en la mansión a medianoche, los miembros de La Familia asesinaron a un desconocido que se encontraron en la calle. Dentro tuvo lugar una carnicería con disparos, puñaladas y golpes. Cuando regresaron al rancho y le contaron al líder lo realizado, éste viajó hasta la mansión para contemplar el resultado de la masacre.

Al día siguiente, Charles Manson quiso “completar el trabajo” y encabezó él mismo una segunda ronda homicida, con algunos adeptos más que la noche anterior, y llegaron a una casa escogida al azar después de callejear en coche por Los Ángeles. Allí vivía el matrimonio formado por Leno y Rosemary LaBianca. Ambos fueron asesinados. Y la policía tardó meses en descubrir la vinculación entre los crímenes de ambas noches.

Los asesinatos conmocionaron a la ciudad californiana y a todo el país. La secta, preocupada por lo que pudiera pasarles, se mudaron a otro rancho, que además parecía más acorde con las profecías de Manson, que había asegurado que un agujero en la tierra les serviría como refugio en el momento en que se desencadenara el apocalipsis. Seguían creyendo ciegamente en él, aunque algunos huyeron, aterrorizados.

Finalmente, en octubre la policía detuvo a los miembros de La Familia que encontraron en el rancho, pero debido a delitos menores. Nadie sospechaba que hubieran protagonizado los crímenes que no hallaban resolución. Sin embargo, en la prisión, algunos miembros del grupo empezaron a hablar más de la cuenta, y revelaron lo que había sucedido. En diciembre, la fiscalía anunció la resolución de los asesinatos.

En 1970 comenzó el proceso judicial a Charles Manson y tres adeptas más, acusados de asesinato y conspiración. Fue muy mediático y estrambótico, ya que en este tiempo el líder llegó a sacar un disco desde la cárcel. Al año siguiente llegó el veredicto: los cuatro fueron declarados culpables por el jurado y condenados a muerte. En 1972, cuando California prohibió la pena capital, pasaron a cadena perpetua.

En una serie de reportajes publicada por el medio Vanity Fair, Raquel Piñeiro afirma que las jornadas en las que tuvieron lugar los asesinatos de la secta de Manson “marcan el fin de la era de Acuario y del sueño hippie en particular”, ya que “la utopía de paz, amor (libre) y rebeldía, la idea de que había espacio para vivir de otra manera, los tiempos de puertas abiertas en los que todo el mundo era bienvenido a la fiesta se rompían de golpe de la más sangrienta de las maneras”.

Y así fue, ciertamente. Con la muerte de Charles Manson desaparece un icono de los excesos a los que puede llegar la patología de lo espiritual en determinados contextos y con el protagonismo de una personalidad enfermiza. Las sectas consiguen la manipulación de los adeptos hasta límites insospechados, y La Familia Manson es un ejemplo extremo de sus efectos.

“El mismo nombre de Manson se ha convertido en una metáfora del mal”, dijo Vincent Bugliosi, el fiscal que enjuició a Manson, en los años 90. Él mismo había señalado en otra ocasión: “Manson era un estafador malvado y sofisticado con valores morales retorcidos”. Por ello, una representante de los fiscales de Los Ángeles ha dicho esta semana: “hoy, las víctimas de Manson son las que deberían ser recordadas y lloradas en ocasión de su muerte”.

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