¿Por qué Dios tiene que enseñarme el arte de la paciencia?

Hace poco me hablaban de la importancia de ser paciente. El alma a veces se precipita. Se acelera en las decisiones que toma. Quiere caminar más rápido sin importarle aquel que va más lento. No tolera las más mínimas imperfecciones y contrariedades de la vida. Quiere que todo sea perfecto. Quiere que todo ocurra ahora, inmediatamente. Que sucedan las cosas antes incluso de lo previsto.

Mi corazón sueña con las cumbres más altas y no soporta a veces el tedio del camino llano en el que no hay sorpresas. Las jornadas largas sin vislumbrar aún la meta. Es por eso que deseo cambiar con rapidez lo que tal vez lleve años pulir. Y me vuelvo impaciente con el desarrollo de mi vida.

Quizás es que necesito encontrar antes de tiempo la meta que ansío. La impaciencia me consume. Corro. Deseo llegar pronto. Soy impaciente con mis pasos lentos. Con mis límites y mis faltas. Soy impaciente con los mismos hombres, cuyas debilidades me cuestan y me pesan.

Camino rápido siguiendo una meta que he escrito en lo alto de una cima. O mejor una meta que ha escrito Dios en mi corazón herido. Por eso espero lograr más colores vivos para mi vida. Los que tengo todavía son tan pálidos y grisáceos que no me animan. No me conformo con lo que poseo, quiero más y me impaciento.

Y hace poco alguien me hablaba de la necesidad de cultivar en mi alma la ciencia de la paz. Sí, tal vez la paz es fruto de las almas pacientes que no se precipitan en medio de las prisas.

Quiero un corazón paciente para enfrentar las dificultades y los contratiempos. No deseo tomar decisiones precipitadas. No quiero dar pasos acelerados. Me detengo antes a observar la vida. Contemplo callado lo que mis ojos ven.

Quiero ser paciente como Dios que siempre espera a que yo vuelva a la puerta de su casa. Feliz, triste, arrepentido, esperanzado.

Decía el Papa Francisco en una oración antes de su ordenación: «Creo en la paciencia de Dios, acogedora, buena, como una noche de verano». Yo también creo en ese Dios paciente que camina a mi lado. Que me espera y busca. Que cura mis heridas con calma, una a una después de un día pesado. Que no se irrita ante mis errores, aunque caiga en ellos una y otra vez. Sigue esperando mi regreso. Sigue aguardando mi abrazo con el ansia de un Padre.

Esa paciencia de Dios es en mi alma agua fresca como la brisa de una noche de verano. Llena de calma. Llena de estrellas. Se apacigua mi corazón al pensar en ese Dios que tiene tanta paciencia con mi vida. Mucha más que yo mismo que espero siempre algo nuevo en todo lo que hago. Y vuelvo a comenzar ansioso al amanecer con el deseo de cambiarlo todo de un solo golpe.

Leía hace poco: «Repararé en mi error sólo para aprender, ya que si he vuelto a incurrir en la misma equivocación es porque hay algo en mí que debo descubrir y cambiar para así ser el individuo que he de llegar a ser, aquel que busco pacientemente, único juez en definitiva a quien debo contestar diariamente del rumbo de este proceso»[1].

Quiero ser paciente. Descubrir la ciencia de la paz para vivir con más paz, para regalar paz a los que tienen guerra dentro de su pecho. Deseo ser más paciente con mis errores y los errores ajenos que tanto me turban y llenan de rencores.

Quiero ser paciente con mis descuidos y olvidos. ¡Qué rápido soy para juzgar las caídas! ¡Qué rápido para condenar, para apartar de mí al que no cambia! No tengo misericordia.

Y Dios, eso sí que lo sé, es misericordioso con todos, conmigo el primero. Es lento y actúa siempre con paz, con mansedumbre.

Así quisiera ser yo continuamente. Tener paz para mirar a los otros sin desear que sean distintos, vacío de rencor, lleno de misericordia. No quiero desear que el tiempo pase rápido. No pretendo que las cosas cambien de forma inmediata, ahora mismo.

Me asusta la fragilidad de mi alma que se muestra impaciente en las luchas de la vida. Quiero que Dios venza en mí como hoy escucho: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste».

La palabra de Dios como espada de doble filo, me seduce, penetra mi alma, me vence. Me rompe por dentro para hacerse dueña de mí. Es el Dios de mi camino que me ha enamorado. Va a mi paso y no se altera. Me abraza con calma. No busca que yo acelere mi marcha. No espera que cambie de vida de una vez por todas. Me sostiene en mis debilidades. Y sabe cómo hacer para que no deje de alzar la mirada buscando un nuevo horizonte que me quite los miedos.

Quiero ser paciente con sus tiempos y con los míos. Y quiero ser fiel a la palabra entregada, al amor rendido, a mi vida hecha prenda en sus manos que me abrazan. Quiero mantenerme fiel a mí mismo. No dejar de lado el amor entregado. Esa fidelidad constante de mi sí repetido.

Quiero alcanzar cada mañana con paciencia el paso dado, el primero, el siguiente. Sin angustiarme por no tocar todavía el ideal que sueño. Me atrae esa ciencia de la paz que quiero aprender para sembrar paz a mi paso. Pacificador de almas. Quiero aprender a respetar los pasos distintos. Respetar las formas diferentes de amar y dar la vida.

No le tengo miedo al tiempo perdido. Para Dios tiene tanta importancia este tiempo que poseo, ese tiempo que acaricio y que al pasar se vuelve eterno. En sus manos mi vida encuentra un sentido último, el verdadero. Por eso decido que no temo mi propia impaciencia. Sólo quiero crecer y ser más paciente. Aceptando la vida como es. A las personas como son. A mí mismo en mi pobreza.

La paciencia que todo lo alcanza. Ese don que es el regalo que le pido a Dios cada mañana. Para recorrer el camino emprendido. Y caminar sin miedo.

[1] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón

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